Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
En un pueblo que se llamaba Visavis, celebraban La Convención. Los lugareños, absorbidos por su rutina el resto del año, adornaban calles y balcones como si protagonizasen una secuela de Bienvenido Mr. Marshal. Allí se reunirían anónimos representantes de las artes escénicas y cinematográficas, de las letras, músicos y cantantes de oído indefinido, pintores de brocha fina... Incluso habían añadido cómodos sillones de terciopelo negro con el fin de captar las nuevas formas de expresión cultural, como el retoque fotográfico y otras aplicaciones informáticas. Eran necesarios, se decían unos a otros mientras paseaban orgullosos por la alfombra roja. Sin ellos, no destacarían como estrellas rutilantes Los Grandes.
14 de abril de 2012