Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
-Por lo que más quieras, lávate bien esas manos antes de acostarte –gritó su madre desde otro lado de la puerta.
Por un momento, sintió el peso de la culpa: ¿Y si era cierto que era capaz de escudriñarte el pensamiento? Tiró de la cadena y escondió la revista debajo de su camiseta. En el último instante lo nervios lo traicionaron y un alarido de dolor llamó a toda la familia al cuarto de baño. A la pequeña Anita le entró susto y se pasó llorando el resto de la semana.
10 de junio de 2012