Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“Así son las cosas, chica”, intento consolarme para, acto seguido, recriminarme: “¿Y quién me mandará meterme donde nadie me llaman?”. Mi naturaleza irreflexiva no puede evitarlo, y pasa lo que pasa. Conocí a Nacho en el trabajo. Tal y como le estrechaba la mano, presentí que era la media naranja de mi amiga Lucía. Incluso la combinación de los nombres me pareció armoniosa. Me emocioné, lo confieso. Meses después, tras mucho insistir, les apañé una cita. Solterona impenitente adicta a los gatos y a Corín Tellado, puse manos a la obra y desplegué mi arsenal romántico acumulado desde mi primera muda rosa: compré una tela de estampado bucólico y una cesta de picnic, diseño Ikea; busqué por Internet un bonito rincón a las afueras de la ciudad, ideal parejas; y me bajé Cien baladas inolvidables (volumen I, II y III) en formato MP3. Nunca asomó por mis pensamientos la posibilidad de que Lucía me comunicase, en el último momento, su intolerancia a cualquier planta fuera de la lechuga de su nevera; ni que el orgullo de Nacho le impidiese reconocer, con siete horas de retraso, su incapacidad para orientarse en carreteras secundarias. Y aquí estoy, bajo este cielo estrellado, junto a una vela consumida, con el culo acartonado y cubierta de picaduras. Qué le vamos a hacer, los giros de la vida son inescrutables.
6 de noviembre de 2011