Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
A veces, caminando por los senderos del falso silencio, acompañada por el murmullo de las olas del mar o el crepitar de las hojas secas caídas de los árboles, el recuerdo de su voz melódica me invade y el peso de la nostalgia se apodera de mí. Entonces la entonación de una canción, solo posible en los entresijos de mi imaginación, me embarga, me llena de alegría, de reencuentro y, también, de tristeza. Mi madre, con una psique nívea, inquieta y abstracta -como el surco dejado en el aire por el vuelo de una mosca-, navegaba sin rumbo entre la realidad y lo ficticio haciendo de ella un ser diferente. Como consecuencia, yo también lo fui.
Cada mañana, mientras me peinaba con suavidad, susurraba esa melodía indefinida y monótona, marcada por el extraño compás de su mano sobre mi cabello. Semejante a un tratamiento de morfina para un enfermo terminal, el acto repetitivo la embelesaba relajando su rostro y su espíritu para transportarla allí donde los oscuros mecanismos de la mente edifican el oasis del descanso entre tanto despropósito. Después, a medida que iba perdiendo el control sobre sus acciones, el nerviosismo guiado por el caballo desbocado de su inconsciencia tomaba poder en ella. La vida cotidiana se convertía así en un reto de difícil superación: cualquier imprevisto que interrumpiese la rutina podía transformar en décimas de segundo la tormenta en huracán y convertir la casa en un infierno, en especial a la hora de las comidas cuando el calor del fuego de una sartén cumplía su efecto condensador. Pronto espabilé. Aprendí a obedecer normas sociales por inercia, sin comprenderlas demasiado: a ir al colegio y, a ser posible, no llegar tarde; a vestirme y no siempre como ella consideraba, pues cuando llegaba a clase la mofa general o el castigo del profesor podía alcanzar límites, para mí, incomprensibles. Por este motivo, con el fin de no herirla, acostumbraba a llevar una muda en la mochila para cambiarme en el bar de la esquina.
Zapatillas desparejadas por efecto de una locura de rebajas, poco a poco, fuimos asimilando el hecho de vivir en la misma caja, ajenas a la rotación del mundo. A fuerza de desastrosos desencuentros con el exterior, el tiempo nos enseño a activar la parte primaria del instinto por la cual, a menudo, yo decidía cómo comportarnos, cuándo actuar y establecer nuestras prioridades para sobrevivir, ya que en su universo infinito y confuso la factura de la luz apenas tenía mayor valor que el de una agradable cadencia emitida por la fricción de la hoja en la cual iba soportada contra el aire al desplazarse, en su vaivén, de la mesita al suelo. De todas maneras, dentro de los márgenes prudentes de nuestra desangelada isla, solíamos divertirnos para llenar de frescas carcajadas la jarra de donde bebíamos cuando nos sentíamos abatidas. Nuestras visitas a los parques públicos eran especiales: tumbadas sobre la hierba, me enseñaba, entre cuchicheos, caricias y abrazos, el mensaje cifrado en el blanco relieve del cielo.
Un día fui a una excursión. Me impuse como norma evitarnos el mal trago de pasar situaciones incómodas con mis profesores y sus misivas enfundadas en notas recriminatorias por mi comportamiento o de avisos de asistencias a eventos estudiantiles se perdían entre los libros de mi cartera; ella nunca las veía. Aquella última nota la descubrió rebuscando en los bolsillos de mi chaqueta justo antes de culminar su costumbre de desteñirla en la lavadora. La entregó y me obligó a ir. Cuando regresé, la casa se había quemado y mi madre estaba hospitalizada. Iba a verla, pero me separaron de ella; fui adoptada y lentamente el pasado la fue anulando. Sin embargo, a veces, aquella extraña melodía viene a mí, como el vaivén de una factura al caer de la mesita al suelo.
16 de octubre del 2010