Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Muere un atardecer más, el sol se esconde y el cielo, sólo finito en el borde de mi mirada, por fin descansa. Todo empezó en una de mis crisis existenciales: perdido en la vorágine de la fama, me ofrecieron presentar El explorador, una serie de documentales de alto riesgo en parajes perdidos con tintes de tele-realidad. Alérgico incluso a la gimnasia pasiva y de naturaleza torpe, me sorprendí al verme firmar el contrato, en cuyos márgenes se excluía de toda responsabilidad a la productora por abandonarme en medio de la nada con una cámara casera y un kit de supervivencia, patrocinado por Decapton. En la selva amazónica tuve suerte. Unos aborígenes se apiadaron de mí, me recogieron medio moribundo de un río menor (todavía hoy desconozco su nombre o cómo llegué) y me devolvieron, como un fardo olvidado por un turista, a las puertas del mismo Decapton, paraíso de la industria del deporte. Increíble y cierto a la vez. Dudo que en esta ocasión la lagartija que ahora puntillea la arena tenga ningún interés en espantar a Mario, el buitre que me persigue ya sin pudor desde que escuchó resbalar por mi gaznate la última gota de agua. Por si acaso, dejé grabado mis sospechas sobre la Brújula Top-Explorer, una de las ingenierías más revolucionarias del equipo de investigación. En mi opinión, no resulta muy práctica su batería recargable en medio del desierto. Si al menos hubiese sido solar…
25 de septiembre de 2011