Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Son las doce horas, un minuto y quince segundos. Aunque incapaz de contar los días desde mi encierro en esta caja aséptica, una alarma interna me pone sobre aviso. Miro a hurtadillas el reloj de muñeca de mi madre que se refugia en los ajetreos del papel couché, siento el frío de la cama y me hago consciente del bulto de mi cuerpo. Me palpo con disimulo brazos, estómago, pecho. Mi compañera de habitación calla. Pronto escucharé sollozos, algún grito rebelde, estruendo de bandejas contra el suelo. Falta una hora, cincuenta y nueve minutos, cuarenta y cinco segundos: después de mucho llorar, me traerán la comida; mañana toca comedor.
24 de septiembre de 2011