Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. “¡Me voy!”, gritó en pleno mal de Sambito. Del impulso al levantarse, temblequeó la mesa de caballete, ya de por sí inestable, y el pelotón de fichas rompió filas. Cazó al vuelo algunas desertoras y las guardó en su bolsa de plástico, junto al resto. La caja del dominó todavía rondaría por casa, arrinconada cuando por fin entendió que colocar veintiocho piezas hecho un manojo de nervios era imposible. Sus compañeros, jubilados como él, aceptaban resignados sus abruptas interrupciones del juego (“cada uno vive con sus manías”, pensarán). Aun así, el susto era inevitable. Yo, como siempre, desde la otra punta del parque, lo vi alejarse con la fiambrera bajo el brazo, dirección al cementerio, como un perrillo regresa a casa después de ser abandonado por su dueño.
19 de marzo de 2012