Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
En su décimo aniversario, a Mónica Turanga Leela, le regalaron una cría de dinosaurio. Entonces Mónica vivía con sus padres y sus hermanas, a quienes adoraba. Cuando Paquito -ese fue el nombre elegido por Mónica para su nuevo amigo- abrió los ojos por primera vez, una hilera de blancos y enormes dientes asomaron. Su sonrisa, grande y sincera, le partían la cara en dos y le arrugaban la frente en una sola línea verde oscuro; sus patitas aceitunadas, del tamaño de un gato adulto gordo, arañaban el aire movidas por la emoción. Mónica, lejos de atemorizarse ante el extraño animal, estuvo toda la fiesta achuchándole entre sus brazos. Desde aquel momento, nunca más se separaron.
Pasaron los años y el cariño profesado el uno por el otro fue aumentando hasta límites insospechados entre una niña y un dinosaurio. Sin embargo, mientras ella creció de manera progresiva y pausada -al estilo de un ser humano-, Paquito, el Vegetariano, como lo conocían en el barrio, se desarrolló descomunalmente, llegando a alcanzar los cuatro metros de altura. Una expresión bobalicona, de puro bueno, se encastaba en un morro largo y ancho como el culo de un automóvil. En la piscina municipal, la piel dura se tornaba esmeralda cuando se reflejaban los rayos de sol. La barrigota era un tierno cojín cada vez que, cansados de caminar, se tumbaban sobre la hierba para hablar de sus cosas de viejos compañeros. La cola, un divertido tobogán durante el recreo.
Juntos, fueron al colegio, aprendieron matemáticas, lengua y ciencias naturales y, sin apenas darse cuenta, entre juegos, estu dios y confesiones, entraron en la edad adulta. Mónica también se divertía mucho en clase y disfrutaba con fruición de todas las asignaturas, hasta de aquellas donde Paquito se dormía.
-¡Paquito, despierta! Con esa aptitud nunca te formarás –le recriminaba con seriedad.
Todo esta felicidad un día se truncó. Mónica me llamó para contarme una tristeza: Debía marchar hacía un lejano país donde aprendería un millón de cosas nuevas, que era aquello que más deseaba hacer. Paquito, más voluminoso que cualquier avión o barco del mundo, no la seguiría en su próximo viaje y tampoco podría quedarse en casa, pues ya no era lugar para un dinosaurio adulto. Yo vivo en el campo, por eso me preguntó si le hacía el favor de acogerlo. Loca de emoción, acepté encantada y Paquito se vino a vivir conmigo.
Pregunta mucho por ella. Siempre le contesto que está bien y le explico cómo lo quiere, más allá del infinito. Le gustaría escribirle cartas -desconfía de los mensajes por Internet porque no se estilaban en su época de estudiante y teme que no le lleguen-, pero es algo torpe y termina aplastando los bolígrafos contra el papel con sus patas de dinosaurio. Luego, llora.
-No te preocupes, Paquito, no le importará- intento consolarle-. Metemos la hoja en un sobre, escribimos la dirección y ponemos el matasellos de urgente. Ella sabrá de quien es. Es muy lista y en la mancha de tinta entenderá cuánto pensaste en ella cuando fuimos a pasear por la montaña.
La mañana, fresca, rompía el cielo y los cantos de los pajarillos se mezclaban con el sonido de las hojas de los árboles movidas por el viento como voces de feligreses en el rezo de una iglesia. Le habría encantado. Por un momento incluso creímos tenerla junto a nosotros.
11 de julio de 2011