Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“¡Ande, ande, ande, la Marimorena, ande, ande, ande que es la Nochebuena!”, cantan al unísono los niños de la casa mientras corren alrededor de la mesa, zambomba o pandereta en mano. La algarabía contagia a los adultos –padres, tíos, abuelos-, olvidan el estrés de los últimos días después de tanto preparativo y todo es una risa. Huele a café de sobremesa y a polvorón. Las tripas, llenas; en los ojos una chispa de felicidad centellea. Luces en el árbol parpadean. Llevados por la embriaguez del momento depositan, satisfechos, diez euros en cada bote; los pequeños, emocionados, saltan, gritan y se abrazan. Entonces, una de las madres retoma la compostura y, con semblante serio, adoctrina: “Recordad, el dinero debe guardarse en las huchas para los Reyes Magos porque necesitan ayuda para comprar vuestros juguetes y los de los niños pobres”. Luego, les da un beso. Ellos se abrazan, gritan y saltan.
28 de noviembre de 2010