Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Tres huérfanos sociales desafiaban auspicios navideños. La cándida María, 20 años, todavía arrastraba el abandono de un novio pandillero; Julio, 37 y con el nervio del recién divorciado; Luisa, 28, introvertida, esotérica y pañuelo jipi al cuello por bandera. Eran vecinos de parada: María, empleada, vendía velas; Julio, con olfato para las leyes de mercado, camisetas y balones con la firma estampada de la elite futbolística; Luisa, figuras de madera talladas a mano por ella. En Nochebuena, María se presentó con un termo de caldo y unos dulces caseros; en Navidad, Julio las convidó a chocolate con churros; para Fin de Año, Luisa los invitó a su piso, desangelado. Compraron pan, jamón curado, varios patés, quesos, una botella vino, otra de espumoso y un racimo de uvas. La casa los recibió fría, vacía; se llenó con el blando brindis del sonido del plástico. En el trasfondo, la voz emocionada de una presentadora se desgañitaba en un “¡Feliz Año Nuevo!”
28 de noviembre de 2010