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Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don

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Caminos de ida y vuelta

Es primera hora de una mañana de invierno. El frío entibiado por la contaminación urbana nos espera a la salida del metro, donde una luz turbia nos recibe a nosotros, pequeños autómatas somnolientos de mirada perdida. Sin embargo, no es un día triste; simplemente marcamos el paso de la rutina.

Aquí, la ciudad, con su lengua de alquitrán y hormigón, asciende ladrillo a ladrillo por la montaña. Algún quejumbroso palacete decimonónico, destinado en su día al descanso estival, se mezcla entre edificios bajos resaltando su elegancia con ademán de vieja gloria de cine en un desfile holliwodiense.

Mis ojos, cansados por genética, me acompañan por la elevada cuesta, y durante el resto de la jornada frente a la pantalla del ordenador. Nueve horas después, incluido el tiempo de la comida, llega la tarde. Entonces todo cambia: sobre la montaña, cada casa, una atalaya; y entre las casas y las pequeñas construcciones, un río de calles -afluentes naturales que han convertido en caminos las antiguas laderas. Más por intuición que por conocimiento, transito, siguiendo el curso.

De pronto, desde un pequeño recoveco, destellos furtivos me asaltan. En la precipitada noche invernal, amplias luces iluminan el callejón donde una niña se distrae con los últimos juegos del día. Con la expresividad de un cuadro de Goya, ese instante lo convierte mi retina en imperecedero: El haz de luz proviene de un fanal que mancha la oscuridad, dibuja a la niña y da vida a la escena. Escoltada por viviendas bajas, cuya perspectiva se funde en la penumbra, ella y un enorme macetero son el centro del óleo. En la planta baja de la derecha -blanca por contraste con la cerrazón- entre las rejas de una ventana, un frondoso arbusto asoma. Desearía que el olor a jazmín llegase hasta a mí.

Bajo la mirada, temiendo que la niña se sienta espiada, y sigo el curso del río. El taconeo de mis botas, mezclado con el sonido de las llaves de los portales de quienes regresan a su hogar y el de las persianas de los locales de quienes se marchan, se torna incesante. Siguen el ritmo de la cuesta abajo. En la falda de la montaña, la ciudad es más ciudad y mis pasos se vuelven invisibles entre el ruido de los coches.                                      

 

  lsorciere

11 de junio de 2007           

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