Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
La noche es una estrella en tu cucharilla; de cada una de sus cinco puntas, pende el misterio de tu nombre. Aventurero de tu cuerpo me sumerjo, sin temor al vértigo que provoca, y navego en el fondo plateado que rodea las coordenadas de tu ombligo. El canto de sirena guía el timón de mi velero; sobre la lona del mástil tiembla el cimbreo de tu nombre, aliento para poetas.
10 de septiembre de 2011