Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Al oír el timbre, Raúl suelta de golpe la cuchara de su tazón de leche de antes de ir a la cama y corre impaciente hacia la mesita del teléfono. El padre lo vigila, indulgente, desde la cocina.
-Buenas noches, mami –. Su cara de travieso y su bosque de pecas resplandecen.
-Buenas noches, mi príncipe. -María olvida de pronto el duro día y le nace la narradora de cuentos: – Érase una vez un país tan blanco, tan blanco, que en Navidad todos los niños se abrigaban con bufandas y guantes de mil colores. Así, mientras jugaban en sus portales, guiaban a los Magos de Oriente en el camino hasta sus casas. –Deja pasar un minuto de silencio y continúa. - Y ahora a dormir, mi niño; mañana es Reyes.
La mirada de Raúl es un lucero.
Para mi abuela Josefa quien, a pesar de su empeño en que aprendiese a coser y a bordar, me regaló mi primer libro, Cuentos por teléfono
27 de noviembre de 2010