Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Todavía recuerdo con nostalgia el refugio de mi infancia. Lo construí yo mismo en El Lado Oscuro del bosque, suspendido por el follaje de la copa más alta, para jugar a héroes y villanos fuera del alcance de las reprimendas de mi madre. Allí me escondía al salir de clase. Tiraba la vara y el sombrero negro en un rincón y me ataba la túnica azul eléctrico al cuello a modo de capa. Me imaginaba, sobretodo, tipo Batman o Spiderman que, tras las sombras de la ciudad, velaba por el cumplimiento de la ley y el orden. Niño torpe, cuando perdía el equilibrio al saltar de un árbol a otro simulando viajar entre rascacielos, mascullaba pequeñas injurias copiadas de los tebeos cuyo significado desconocía. Me soñaba enamorado de bellas mujeres de marcado carácter, fuertes e independientes; mi silueta se perfilaba entre viñetas como un ser misterioso que se expresaba, contundente, a través de escuetos bocadillos. Espíritu rebelde, mis compañeros sólo veían en mí a un bicho raro, obsesivo y monotemático.
Nunca pude ver realizados mis sueños. De familia alquimista, cuya genealogía se perdía en los confines de los tiempos, mi futuro estaba predestinado. Ciertamente, dejar el oficio de mago hubiese supuesto una gran decepción para mis padres. Bueno, después de todo, vivir entre encantamientos también llegaría a ser emocionante. Las lenguas vernáculas fueron complicadas. La gente desconoce la base artesanal de este trabajo, carente de reconocimiento oficial. Por eso, en una voluntad modernizadora, mis conjuros repletos de latinajos siempre se inician con una invocación a las “santas sardinas enlatadas” y concluyen con un sonoro “¡Caracoles!” que, a veces, sustituyo por un “¡Telaraña! ¡Vuela!, ¡arriba y muy lejos! ¡Shazam!”. Como decía recientemente Batman ,“
22 de octubre de 2011