Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Modas María se encuentra perdida en el extrarradio de la ciudad. Resiste las fluctuaciones de la economía gracias a los bailes de salón de pensionistas en su segunda juventud. Siempre es una incógnita predecir el resultado del cierre del año. A finales de septiembre Maria comienza a guarecer la tienda: guantes, bufandas, vestidos, calcetines… Consumismo, lo llaman, pero ella se entrega con el empeño del primer día, pronto hará cuarenta años. Luego, saca de una caja la colección de adornos navideños, desde el ángel de cartón con pintura desteñida -presente de sus suegros cuando la inauguración- hasta la ristra de bombillitas intermitentes que penderán de los cristales, y viste el viejo escaparate de gala. Se aleja para tomar perspectiva y apreciar mejor el efecto. Es noviembre. Su amiga Vicenta entra fatigosa con el carro de la compra, contempla el espectáculo multicolor y comenta, mohína, “¡Ay, te nos jubilas! Te echaremos de menos en el barrio”. María le responde con un beso.
30 de noviembre del 2010