Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Linda, así se llamaba la niña, sonreía cuando su amigo Sol la despertaba:
-Linda –le susurraba entre besos y caricias-, ya es de día.
Largo y negro era su pelo; sus ojos, redondos y pequeños. Linda niña, como lindo el nombre y linda su cara, era aquella a quien yo conocí una soleada mañana de entrada primavera: las nubes, blancas como la espuma del mar; las calles, llenas de alegre alboroto, de gentes, de niños, de risas, de caprichosos llantos, de infantiles y juguetones ladridos... Marrón el suelo, azul el cielo y verde..., verde era cada copa de árbol, cada hoja, cada tallo. Y también algo de rojo, de amarillo, de lila, aquí y allá, dibujando una dulce flor.
Linda paseaba cogida de un rayo de Sol. Caminaba, entre saltitos, traspiés y balanceos, orgullosa y segura, aunque de tanto en tanto hacía tropezar a su amigo al pararse en seco sin avisarle. Pero él nunca se enfadaba. Entonces Linda cambiaba el semblante: con las cejas levemente fruncidas y los labios muy apretados, se ponía una mano de visera, estiraba su delgado cuello y, medio abriendo, medio cerrando los ojos, buscaba la indulgente sonrisa de Sol.
Y así, contenta, satisfecha y un poco deslumbrada observaba a los otros niños, a sus padres, a sus perros y a los árboles, ansiosa por contarles como, un día más, su amigo Sol la acompañaba al parque para cuidar de ella y de todos los demás. Mientras, Sol apretaba fuertemente su mano y Linda notaba como la felicidad iba creciendo dentro de su corazón. Mas la felicidad le creció hasta tal punto que ya no pudo guardársela para ella sola. Linda, deseosa de compartirla, se soltó de Sol y empezó a correr por el parque. Aquel día, como todos los días, Linda jugó con todos los niños y niñas, y con sus perros, y cantó con las flores y también bailó y contó chistes a los árboles y con ellos se rió durante largo, largo rato.
Sol, siempre atento, la vigilaba de reojo y se reía por dentro si hacía alguna travesura. Incluso en una ocasión debió de recogerla en el aire pues trepando un árbol se resbaló y cayó. Si no hubiese sido por Sol no sé cuantas veces se habría roto esa dura, tierna y caprichosa cabecita.
Y de pronto todos los niños y todos los árboles y todas las flores se sintieron cansados y empezaron a bostezar y a estirar los brazos. Linda miró nerviosa a Sol, pidiéndole ayuda, pero Sol le contó que no podía hacer nada porque también él estaba cansado y se quería ir a dormir.
Poco después se levantó una ligera brisa que hizo temblar la hierba y volar algunas hojas. Sol cogió a Linda entre sus rayos y, dejando atrás el anochecer, la acunó hasta llegar al portal de su casa. Por la ventana, la entró a su habitación y, como cada noche, l arropó y le dio un beso en la frente
-Buenas noches, Linda –le susurró al oído mientras la niña murmuraba sus sueños-, hasta mañana.
Luna Plácida, que así se llama la luna cuando vela los sueños de los niños, comenzó a entonar una suave nana.
-Buenas noches, Luna –se despidió Sol.
-Buenas noches, Sol –se despidió Luna.
Para C. y M
2 de abril del 2000