Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Un montón de piedra derruida sobre los cimientos de aquello que un día dibujó el paisaje de un pueblo se desparramaba sobre el suelo de Terrobajillo. No más de treinta casas quedaban en pie, con sus gruesas paredes desafiando la despoblación iniciada allá por los cincuenta, cuando sus gentes empezaron a huir despavoridas en busca de un trozo de pan blanco. Por eso, la llegada de un personaje sin referencias familiares afines a los lugareños actuó en Terrobajillo como un revulsivo de su memoria histórica y vital, soltándoles la lengua. Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. Sin embargo, la mayoría había conversado en alguna ocasión con él. Sus rasgos vulgares y anodinos, sus maneras pausadas y sencillas facilitaban el diálogo, allí, en la taberna de Paco entre chasquidos de anís al borde del paladar o en el banco de la plaza, donde siempre un rayito de sol caldea a los viejos en invierno alargando unos minutos la vida. Se alojaba donde la Segismunda, la de los Callaos, apodo familiar asignado por consenso popular desde tiempos inmemoriales en referencia a la parquedad de palabra que los caracterizaba. Ella, su espíritu, y su perenne moño bajo y avejentado por las canas conjugaban en tradición con el mandil de paño a cuadros, pieza de ajuar heredado de una tía solterona; las anchas caderas y las piernas corvas marcaban el ritmo de unos andares algo arrastrados, como apesadumbrados por su existencia, pero siempre en constante movimiento entre el corral y la cocinilla añadida en la planta baja: portadora, en definitiva, de una oronda silueta que, en memoria a atemporales matronas, debería haber sido declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO, para potenciar la cada vez más mortecina actividad del pueblo, ubicado en medio de una tierra árida, abandonada por los dones de las lluvias. Así fue como, por culpa de un carácter reacio a la plática, ni siquiera Segismunda pudo saciar la curiosidad de vecinos y aledaños facilitando el nombre de El Forastero, inquilino providencial cuya estancia se prolongó varios años. El breve contrato verbal lo cerraron con un apretón de manos: a cambio de una modesta suma, le ofreció una habitación iluminada, a falta de luz eléctrica, por un ventanuco en la parte alta, con cama amplia, dos colchones de lana, sábanas limpias una vez por semana y mantas para cuando arreciase el mal tiempo, así como derecho de uso al único cuarto de aseo del caserón. También le lavaba y planchaba la ropa. Siempre se dirigió, o se refirió, a él con un genérico Señor o Señorito.
En casa Paco, repartidas las fichas del dominó, ya cada cual con varios sorbos de chato resbalando por el gaznate, los cuatro hombres –Robertico, Pascual, Manolo y Seberiano- oficiaban la rutinaria partida vespertina. Bucles de humo se unían en comparsa por encima de las cabezas medio ralas por la edad, mientras el rítmico sonido abrupto y punzante de las fichas al chocar contra la mesa de mármol se entremezclaba con premonitoras miradas de triunfo y voces desafiantes. Robertico, el Chato, tenía la mano algo floja; se encontraba como ausente, rastreando con la mente esquirlas de confesiones hechas entre bisbiseos a El Forastero: confusamente le había llegado a rememorar el tiempo cuando Segismunda, exulta de juventud y lozanía en sus carnes, recorría la calle Ancha en dirección a la plaza de la iglesia, donde el bullicio de mujeres se congregaba para llenar los cántaros de agua, apéndices de sus caderas: una algarabía de vida repobló los recuerdos de Robertico y una punzada inesperada en el corazón le sorprendió, ahora, a sus setenta y siete años, más o menos, según figuraba en el registro.
-Joé, Chatico, ¿se pué saber qué leches te pasa?, –vociferó Seberiano, inquieto por conocer el próximo movimiento- ¡Estás alelao, coño!- Le pegó otro sorbo al vino y las espesas arrugas alrededor de sus ojos negros se movieron formando un gurruño para observar a través del vidrio sucio la reacción del contrincante
-¡Cago en la mar! ¡Ma’sustao, leñe! – Se dobla, tembleque en mano, con blancas. – Rumiaba en El Forastero. Tipo raro. Un joven rodeao de viejos no es normal, digo yo. Qué coño vendría a parar aquí ese.
-¡Calla ya Pochuelo! –El nervio traicionó a Pascual y el brillo de la impotencia en sus ojos lacrimosos anunció la siguiente frase: – Paso, joer
-Na, tonturas de niños modernos, que quie’en saber de pueblo –sentenció Manolo rematando el laudo con blancas y pitos: -Ja, creías tú que no tenía, ¿eh?
-Joíos niñatos y yo que andaba loco por marcharme cuando mozo -apostilla Seberiano, golpea la mesa con pitos y le hace un guiño tranquilizador a Pascual.
Seberiano, de los Pochuelos, trabajaba de bracero, como todos, para el cortijo, le contó a El Forastero. Se crió en una propiedad del Señorito en la calle Angustias, esquina con la Ancha, hasta que su padre lo echó. Su familia tenía arrendada una habitación, vecina de la de los Chatos. Compartían cocina, corral y comuna; malviviendo la posguerra y sentados en el portal en horas de asueto, carentes de peonadas, vieron como Segismunda, camino a la fuente, iba tomando formas y se hacía mujer. Al Robertico se le iban los ojos y la lengua con cada una de sus pisadas sobre el adoquinado. Los Chatos mandaron a su primogénito a los curas para que aprendiese las cuatro reglas y las letras justas para valerse -él se las enseñó a Seberiano bajo el candil- y gracias a ello, y a ser perro fiel de sus ancestros, se pudo arrimar de jovenzuelo al capataz a quien ayudaba con las cuentas. En cambio, Seberiano no tuvo más oportunidades que las de sus manos endurecidas por el trabajo y la rabia de no verse progresar. Apoyado en el cayado, el orgullo todavía hoy lo mantenía erguido, en lucha contra la artrosis.
-Paso –reniega Robertico, escupitajo incluido.
En su pensada en falso, Pascual toma aire y tiempo. Así distribuye tensión a la partida y, a la vez, vagabundea a lomos de la vieja mula que camina marcha atrás, tan del agrado de El Forastero: apenas habría cumplido los diez cuando acompañaba a Seberiano, cinco o seis años mayor, a rebuscar entre los olivos para llevarse algo a la boca, siempre con el miedo de toparse con Robertico o, en el peor de los casos, al capataz o al guarda de la finca. Bajo el sol, Seberiano fantaseaba con sus amoríos con la Segismunda a través de las rejas de su ventana, con quien, ante la negativa de los tres hermanos a formalizar su relación –bracero eventual sin casa abandonado por su padre al casarse, haría un par de meses, en segundas nupcias con una zaparrastrosa que podría ser su hermana-, había decidido fugarse rumbo a la gran ciudad. Lo habían planeado todo: ya tenían dinero suficiente para alquilar una carreta hasta la capital de provincia, donde estaba la estación. De allí, a la Barcelona o Madrid. Escribiría una carta a los padres de Segismunda cuando llegasen. Luego, a vivir y a conquistar el mundo con sus manos.
Pascual se quita la boina, se palpa la frente emulando reflexión y añade en el otro extremo de la fila treses y pitos. Sonríe, desdentado.
-¡La mare que sus parió! –De rabia, se le cae a Manolo el bastón.
Seberiano rompe en una carcajada victoriosa:
-Cerramos, Pascual. Hemos ganao a los pardillos. Ale, a contar y a llorar.
Con el arrullo del cante de los números, a Seberiano se le entumecen los huesos: le viene el frío de la noche pasada a la intemperie, esperando a la Segismunda, y el de la siguiente, en el calabozo, acusado de robar un fardo de aceitunas, propiedad del Señorito. Mientras, los labios de Pascual se tuercen en una mueca: Robertico lo pilló hurgando por el campo y lo amenazó con el capataz. Amedrentado, le contó las intenciones de la pareja; Robertico mandó a la Guardia Civil.
Los cuatro hombres le dieron el último sorbo al vino, pagaron y se despidieron de Paco.
Si Segismunda acudió o no a la cita, nunca lo sabremos, pues ni a El Forastero se lo contó. Llegó, como moldeado por la bruma, una mañana de septiembre y se marchó sin decir adiós años después, con todos los oscuros secretos del pueblo.
21 de enero de 2011