Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Nunca quise luces ni cariños excesivos, ni fui amante de amores imposibles. Sencillamente pasó la vida, como el río atraviesa el bosque en la madrugada, entre murmullos. Supongo que, en mi yo más interno, esto nunca fue del todo cierto; sin embargo, opté por ello. Podría haber elegido ser diferente, podría haber deseado..., no sé, adquirir la personalidad de un ser intrépido. Pero no, jamás tuve el coraje suficiente, ni la fuerza, ni anhelos y siempre mi comodidad se antepuso a todo deseo. Aun así, no me arrepiento.
Sospecho que esta autocomplacencia mía fue causa de grandes decepciones entre quienes pensaban lo mucho que yo podría alcanzar con mi empeño. De todas formas, hoy carece de importancia.
Todavía recuerdo las doce espirales blancas – pequeñas torres con sus banderitas incendiarias- de mi pastel de cumpleaños. Ese día conocí a Roberto; unos meses después, tuve mi primera menstruación. Por entonces yo ya era un ente kafkaiano y medio autista, incapaz de mostrar o generar sentimientos más allá de los preestablecidos por las formalidades sociales; así pues, crecí a la sombra de sus antojos y conveniencias sin ningún problema y, salvo las confusiones propias de la edad, tuve una adolescencia saludable, junto a él. Durante nuestra etapa bachiller, el niño de pelo pajizo y rasgos angelicales se convirtió en un joven prometedor. En base a ello, decidimos cursar Derecho para, finalmente, pasar a esa etapa de la convivencia, tan codiciada por cualquier pareja prudente. A lo largo de todos esos años, me dediqué con empeño al estudio de sus obligaciones; de sus compañeros de fútbol, de clase y, luego, de trabajo así como de sus profesores y jefes..., intentando complacerlo a través del análisis de sus posibilidades en cada momento con la profesionalidad de un empleado modelo, consciente de que mientras me necesitase permanecería a mi lado. Todo ello, con la rectitud y el saber estar de quien ha nacido con una visión periférica y el don de la paciencia y la serenidad.
Ni un ápice de mi vida fue relegado en pos de su ventura. De hecho, Roberto se convirtió en uno de mis mayores éxitos, si bien ni mi familia ni mis pocos amigos entenderían mi entera dedicación a su persona, rayana en un profundo servilismo. Envuelto en palabras más o menos hermosas, abogaban por la lucha del individuo, por la independencia del ser frente a su entorno y su poder de decisión para encarar las circunstancias. En fin, deseaban ver aquel exhaustivo trabajo de noches sin dormir invertido en mí (mi carrera sólo fue un instrumento para ayudarme a desenvolverme en el medio donde con posterioridad trabajaría Roberto; mientras que, en la cama, me esforzaba con inquebrantable vocación de geisha). Yo hacía oídos sordos a sus discursos, pues sabía que, de cualquier modo, eran ellos quienes subliminalmente echaban mano, de vez en cuando, de mi habilidad camaleónica para suplir sus carencias, cartílagos desgastados por el rítmico goteo del reloj vital. Mi carácter plano se convirtió en carta comodín usada a modo de puente entre estados emocionales o necesidades puntuales.
Todo cambio de repente. Una noche Roberto no volvió a casa. Por primera vez preocupada (un cosquilleo inaudito me cerraría la boca del estómago una temporada), dejé pasar las horas, mientras barajaba todas las probabilidades: un accidente, una reunión excesivamente larga que le habría forzado a dormir en el despacho, un improvisado cliente, un amigo…, cualquier cambio de planes surgido a última hora. Le llamé avanzada la mañana para no molestarle y sólo supo contestarme que se encontraba muy atareado. Esperé. Una noche se sumó a la otra, y a la otra, y a la otra. Roberto nunca regresó.
Jamás celebramos ningún tipo de ceremonia por nuestra vida en común; no tuvimos hijos por riesgo a mermar las posibilidades de su destino; por decisión unilateral y propia, no compartimos ni propiedades ni dinero, pues advertí desde buen principio que el éxito o fracaso de nuestro futuro en última instancia recaería en él. Por tanto, un mes después guardé mi ropa y enseres personales en dos maletas. Con el sonido de la puerta al cerrarse- la puerta de un piso ubicado en la mejor zona de la ciudad, adquirido muy por debajo de su coste real y fiel reflejo de la personalidad de un abogado de prestigio, tal y como yo preví -clausuré satisfecha mi trabajo de fin de carrera. No volví a reencontrarme con él.
Y ahora que el tiempo ha transcurrido y veo las cosas con cierta perspectiva, doy gracias, pues tras este largo letargo ha salido el sol. Doy gracias porque debido a este carácter mío, a ser dura incluso conmigo misma, a negarme una y otra vez, nunca podré reprochar palabras exageradas ni emociones fuera de contexto. Gracias porque, ya demasiado adulta, cambiada mi piel en tantas ocasiones a fuerza de decepción y tristeza, no se ha podido ocasionar ese daño irreparable tan temido por un ser de sangre fría como soy yo.
Yo sé de la existencia de una regla no escrita que ordena nuestras vidas: cuando no cumples con ella, tu alma se transforma convirtiéndote en un extraño más entre los tuyos. No lo eliges tú..., ni ellos. Nunca cumplí con norma alguna y, por eso, extraña y sola, duermo.
10 de julio del 2010