Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“Para ser grande, se entero:
nada tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
en lo mínimo que hagas.
Así la luna entera en cada lago
brilla, porque alta vive"
F. Pessoa
El grupo Desempleados Anónimos camuflados por vergüenza o impotencia social entre las estadísticas del INE se congregaba cada mañana a las puertas del triste café, justo un local más abajo del centro donde impartían los cursos cofinanciados por la Generalitat y el Fondo Europeo para justificar la política de inversión en formación ocupacional. El propietario del bar, un hombre bajito de mediana edad y con pelo cano, los recibía como cansado de empezar el día, predispuesto –como Manuela en sus tiempos de camarera - a espetar contra quien manifestase la mínima intención de contrariarle en su debut de la recién estrenada jornada de doce horas. Manuela García, hermanastra de los cuatro millones de parados del telediario, había ojeado en los manuales de historia las fotos de los políticos herederos de la famosa transición, los mismos que años después -artos de representar el papel de mesías del pueblo- bailarían, junto a la vieja farándula, al son de engominados con corbata de nariz aguileña al más puro estilo de Terenci Moix en Garras de Astracán, mucho mejor escenificación que la de cualquier libro adquirido en tiendas especializadas. A pesar del desenlace por todos conocido, el espíritu del pelotazo, entre rayas de coca adulterada y música new way, se coló por los suburbios del inconsciente de la sociedad (eliminando del imaginario colectivo a base de tarjeta de crédito los problemas de llegar a fin de mes y a los nómadas marginales cuyo representativo superviviente en las salas de cine sería el Lute) para mutarse en el actual pelotazo inmobiliario. Sus últimas consecuencias –o no- las paladeaban entre sorbos de café sin azúcar los componentes de la extraña comunidad anónima todavía no registrada -la de Desempleados Anónimos, claro. Manuela sabía que la estampa de risas ácidas, sinceras o evasoras “surfeando” sobre la cresta de la crisis alrededor de una mesa de PVC nunca recibiría la aprobación del Fondo Europeo, tal que en la lejana época de El nombre de la rosa; aquellas risas nunca aparecerían como imagen de la Cataluña, la España y, ni mucho menos, la Europa de principios del s. XXI, junto a la del saludo de Zapatero a Obama o las de la quema de contenedores en plena huelga general.
- Bon dia, guapa, si que n’has arribat aviat, avui?[1] - La voz impulsiva de Manuela despertó de sus pensamientos a Natàlia que jugaba distraída con la cucharilla.
- Jo sempre vinc a aquesta hora, ets tú qui arriba d’hora[2] - le contestó con su ya habitual sonrisa matutina de ojos entornados.
El resto de compañeros, como un racimo de uvas, fue esparciéndose poco a poco entre las sillas para desgranar con conversaciones triviales y sin sentido para estudiosos en macro-economía las diatribas de la vida: sus peregrinajes entre libros de colegio para los niños y apoyos incondicionales a maridos con negocios; sus incertidumbres y sus conocimientos, herencias inevitables de anteriores trabajos; su lucha frente a la cola del supermercado… En definitiva, las diatribas del hermoso y duro mundo de la hormiga, pensó Manuela mientras se tomaba el último sorbo de café y le daba la última calada a su cigarrillo de picadura que tanto le recordaba a su abuelo, aquel que fue rojo, pero del rojo pobre, por tener un sueño al que agarrarse por las noches. Luego, fueron entrando, sin prisas, al aula
9 de octubre del 2010