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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 14:00

Lo que no mata, engorda


Lo que no mata, engorda

por MJ


-Y además nos hace daño –reniega para sus adentros la Sra. Agustina mientras saca de la nevera un pastel con más mantequilla que nata.


Agustina se mueve pesada, enmarcado cada uno de sus pasos con el bisbiseo de unas zapatillas de andar por casa. La luz, que atraviesa los visillos de una pequeña ventana, parece su única compañía.


-¿Qué? –preguntan desde el comedor.


Es la voz de Don Antonio. Don Antonio, tras unos meses de hospitalización y por prescripción médica, se despidió con cierta amargura de la barra del bar y la botella. Forzado a borrar de un plumazo todos los instantes pletóricos de su anodina existencia, a partir de entonces se le despertó un exagerado gusto por los dulces, que le ayudaron a obnubilar sus recuerdos. De eso hará más de veinte años; sin embargo, Agustina continuaba bregando a regañadientes contra ellos, contra los malos recuerdos.


-Naaaada –contesta como cansada de repetir la misma conversación. Se chupa los dedos impregnados de azúcar caramelizado, y riza el rizo de sus arrugas para hacer un guiño de asco. –Malo hasta jartarse –sentencia- Nunca entenderé su empeño en atiborrarse con estas cosas. Y el ansia que le pone, que parece su último bocado ¡Ni que fuese vino! Ni cuando le apuraban en El Hortelano para cerrar, dejaba el vaso más limpio. Pá’mí, relame el plato ná’más girarme.


-¿Cómo? –oye desde la cocina.


En el silencio del comedor, sumergido en la penumbra, Don Antonio se aburre.


-Que, si estás sordo, no es mi problema, ¡leches! –le sacude con un grito, y apostilla en voz baja:- ¡Viejo!


Don Antonio se encoge en la silla, asustadizo:


-Mujer, no te he dicho nada para… –balbucea al reloj de pared, separando unos instantes la vista del plato de sopa, su particular ring de lucha contra el párkinson.


- Hasta el moño me tienes, Antonio –se va exasperando al ritmo que sus palabras evocan un pasado recurrente- No me has dicho nada, no me has dicho nada…, pobrecito –comienza a vociferar- ¿Y cuándo me llamabas mala puta, qué? Entonces tampoco me decías nada, ¿verdad? –Coloca el pastel sobre el mármol, cual pollo a punto de cuartear,  y se hurga encorajinada en los bolsillos de la bata, gastada por el tiempo.


-Agustinilla, no te enfades conmigo también hoy, ¿podríamos tener un día en paz? –implora con lástima de mendigo a la puerta de una iglesia.


-En paz quisieras estar yo, y ya ves, no puedo –simula zanjar la discusión -¿Se pué saber dónde leñes has metido el mechero? –La tensión de la Sra. Agustina está a punto de rozar el ingreso a urgencias. –Maldigo la hora  que te conocí, Antonio.  M’habría tenío que quedar para vestir santos. –De tan puro sentimiento, resuena en la campana  su cantar hondo del alma[i] como clímax de una procesión.


-Pero si sabes que ya no fumo… Da igual, Agustina, sin velas –se rinde –, no importa.


-¿Y quién recoge la mesa?, ¿la criada? –Acto seguido, da un giro de soldado con la adrenalina a punto para la guerra. –Mar dolor me diese, no me hubiese muerto.


Bajo el dintel, le asalta la añeja y maloliente imagen de Antonio medio descamisado, con los ojos inyectados en sangre y la mano en alto. En un destello de lucidez; o por obligada asistencia de algún ángel despistado haciendo uso y disfrute de su ocio; o acaso por simple desequilibrio etílico: estrelló el puño contra la oquedad de la puerta. Era Navidad y, vista su tardanza, se le había ocurrido ir a buscarlo al bar. Arrinconada en el quicio, se meo encima como si fuese una chiquilla chica. Espantados los dos, ella se quedó tal cual, de escultura marmórea apenas soportada por la jamba, y él se metió en el dormitorio para destrozar hasta el color de las paredes.


-Mira, Agustina, traigo los platos ¿Dónde los dejo, en la pica? –Un Antonio bobalicón, menguado y trémulo derramaba por el suelo los restos del caldo.


-Sí, ahí mismo –contesta todavía en trance.


Amparada por la perfomance en la otra punta del piso, salió y recorrió las calles cubiertas de luces destellantes, nieve y miserias, con la humedad de las medias irritándole la piel y la mancha de orín a modo de estandarte, empañando así el brillo del obsequio navideño de Don Antonio, esa bata cien por cien algodón, de un azul y naranja hoy desgastado. Con la misma, subiría a la ambulancia, a la vera de su Antonio, aullando de dolor por ataque de pancreatitis. Así lo encontró a su inexorable vuelta al hogar, rayando la madrugada. “No es mala persona, Sra. Agustina  -la consolaba Juana, la mujer de El Hortelano, al enterarse- sólo tiene mala bebida. Luego, no es nadie. De verdad, aquí todo el mundo lo quiere. Incluso una vez, ya conoce usted de mi problema de cervicales, me ayudó a traer la compra. Y sin interés, sin esperar nada a cambio, porque nos aprecia. Se lo digo yo, que hay quien por un tinto…”


-¿Qué te pasa, mujer? –interrumpe Don Antonio la regresión.


Entonces cae sobre él la condena del pasado:


-Me has dejado el pasillo perdido de pringue. Claro, claro, quien friega aquí soy yo.  A ti, tanto te da si me deslomo limpiando.


-Agustina, yo…


-Ni Agustina ni ostias consagrás. Eso, eso, encima, písalo –le recrimina mientras se repatría al comedor la sombra del hombre que fue, cabizbaja y derrotada.


El paso por la Unidad de Cuidados Intensivos y el uso a hurtadillas de unas pastillas durante la convalecencia, que le provocaban el vómito nada más oler el alcohol del botiquín, devolvieron a su ser a Don Antonio, medianamente. El médico, envuelto en su halo aséptico y de profesional de letra ininteligible, les advirtió del riesgo de muerte, si continuaba bebiendo. Don Antonio, temeroso de perder la absolución en el día de su Juicio Final, suplicaba perdones, y la Sra. Agustina no supo ni pudo abandonarlo en aquella habitación; tampoco,  la dolorosa carga del rencor.


-Está bien, está bien. Me siento y callo.


-Más vale. Total, pa’l caso.


Al proferir los sapos de su última maldición, un atisbo de remordimiento, o de tristeza, asalta su conciencia, que nada entre las aguas de sus primeros sueños de juventud y el ocaso de su vida marital. No obstante, puesta en jarras, pronto recupera posiciones de heroína vengadora, sopla con energía sobre la visión de su pasado y voltea decidida hacia la cocina. Asida al mármol, cierra los ojos con ímpetu y, mientras su cabeza niega rápida y repetidamente, se dice, para espantar fantasmas: “Bah, y qué más da, Agustina, si ya hemos llegado hasta aquí, al menos las penas, con pan, son menos penas”. En el comedor, planta la tarta sobre la mesa: las migas de pan saltan jubilosas como niñas en una cama elástica; la llama del número setenta tiembla.

 

11 de abril de 2012

 

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Comentarios

Salvador 04/11/2012 23:33


Duro, pero real relato de las agrias relaciones de aquellas parejas inexplicables de antaño. Y digo esto porque siempre me ha llamado la atención la forma en que antiguamente (mis padres, por
ejemplo), se "conocian" y se casaban para toda la vida. La necesidad de aquellas mujeres de no quedarse para vestir santos y la de aquellos hombres de encontrar una hembra con la que recogerse.
Parejas que se casaban casi sin conocerse y en las que, aunque hubiera amor, también había desconocimiento, miedo y respeto mal entendido. Con esto no quiero generalizar, pero estimo
que iban muy ciegos e inexpertos al matrimonio. Has reflejado, escribiendolo muy bien, aunque  algo difícil de entender a la primera (por lo menos yo lo he tenido que leer dos
veces para, una vez hecha la primera lectura de situación, recrearme en la segunda con todos los matices)  esta cotidiana historia que, seguro, es reflejo de situaciones que has
conocido y has sabido captar y contar. Te envio un besote. Salvador.   

MJ 04/12/2012 22:13



Jeje, ¿Y mira que esta vez no fui cambiando nombres para que resultase más llano, eh? Son mis frases largas, que me pueden, y los saltos de tiempo que... bueno, con eso experimento, jeje, y voy
por el camino de la intuición. 


Un beso y un fuerte abrazo. Gracias, como siempre, por tus palabras. Me siento colmada con tanto cariño



mayte leal 04/11/2012 10:15


Mis felicitaciones. Vuelve a ser un placer leerte. Describes con delicada dureza una realidad habitual en muchos hogares. Magnífico uso de las palabras. Un abrazo

MJ 04/11/2012 21:44



Me halagan mucho tus palabras,Mayte, sobre todo vieniendo de una experta en psicología y, por ende, en relaciones humanas. El placer siempre mío. 



Flora 04/10/2012 22:43


Todo es correcto, mi niña... O mejor aún, para mí es un honor y una gran satisfacción, que una amiga tome algo que le guste de cualquier "guiso" que "yo invente o rescate". Te quiero mucho
cariño, gracias por tus palabras de consuelo, eres un sol.


Besos a mis amigas guapas( una catalana y otra de Madris, os quiero)


Flori.


PD.:


Entraré a ver lo del concurso del metro, gracias por todo.

MJ 04/11/2012 21:40



Esta vez no pude esperarme a tu regreso, jeje, y lo colgué antes de preguntar,


Besos y, sobre todo, sueeeerrrte si te animas



Flora 04/10/2012 20:50


Es muy bueno, MJ...


Se me hizo un nudo en la garganta, es tremendo, cruel y hasta tierno... Como la vida misma.


Un abrazo, pedazo de escritora...

MJ 04/10/2012 21:04



Lo dicho, ¿qué sería de mí? Supongo que habrás visto el comentario a parte, la nota: Como en otras ocasiones, te tomé prestada una expresion tuya, "cantar hondo del alma", que utilizas para una
de tus categorías. Ya sabes, si algo no encuentras correcto, solo tienes que decírmelo, ipso facto y sin enfado, por supuesto, lo cambio.


Si te interesa lo del concurso del metro de Barcelona, echale un vistazo. Si algo no entiendes de las base, te ayudo. El texto, como le comenté a Kora, puede ser en castellano.


Veo ese abrazo y le sumo unos besos, bella Flora.



Kora 04/10/2012 18:02


Precioso cuento, tesoro. Y muy real pues imagino más de un hogar con las peculiaridades que tan bellamente describes (si, a pesar de la deslenguada de Agustina) y con esos problemas etílicos que
tan malos ratos han hecho pasar a tantas y tantas familias...enhorabuena...voy a cerrar ya la boca de admiración!!!!. Besitos.

MJ 04/10/2012 20:55



Gracias, cariño. ¿Qué sería de mi sin vosotros, madre? ¿Has visto que colgué en mi página un enlace para el concurso de cuentos del metro de Barcelona? Hay tiempo hasta el 26 de abril, creo
(repásalo, que ya me conoces). Bueno, de todas formas, dejo aquí también el enlace, por si alguien lo pilla: http://relatscurts.tmb.cat/ca/participa/lliure (si no se ve, pasar el curso, que si que está, es porque la letra es del mismo
color del fondo y no sé cambiarlo). Está en catalán, pero el texto también puede ser en castellano. Si tienes alguna duda, pregunta, ¿falen? Yo me enredé con este y dudo que me dé tiempo, pero
nunca se sabe. En fin, si te apuntas, suerte.


Besitos, florecilla


 



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